JUAN JOSÉ GUARDIA POLAINO

—Poeta y Gran Maestre de la Orden Literaria "Fco de Quevedo" Vva. de los Infantes—

JUAN ALCAIDE SÁNCHEZ —POETA DEL ÍNTIMO DESGARRO—

Buenas tardes!

Sean mis primeras palabras de agradecimiento para todas cuantas personas derraman su sensibilidad a favor de otras, procurándoles la felicidad. Dar el abrazo sincero a Joaquín Fernández de Silva auténtico “auriga” de éste particular “carro de la cultura”, denominado JORNADAS LITERARIAS. Yo que estoy incrustado a golpe de corazón en éstas actividades sé cuán difícil y trabajoso en éste menester.

Quiero justificar ésta intervención. Voy a hablar de Juan Alcaide Sánchez, “Poeta de la Mancha”; el más grande poeta que esta llanura de la memoria ha dado en el siglo XX. No exagero. Delante y detrás de mis palabras están las de Sagrario Torres, Rafael Llamazares, García Pavón, Pemán, Félix Grande, Eladio Cabañero, Federico Muelas, Ángel Crespo, Natividad Cepeda, Gregorio Prieto, Jacinto Benavente, Carlos Edmundo de Ory, y el mismísimo Machado; tantos y tantos seres sensibles, abrasados por el fuego de la poesía… decía: Quiero justificar mi intervención. Hoy hablaré de Juan Alcaide por razones que el corazón conoce y el cerebro no. Voy a decir de él en esta magnífica fortaleza de piedra y sueños, porque todo cuanto soy; mi carácter poético; la sensible realidad de entender la poesía; mi visión de la Mancha; mi territorialidad expresada hasta la extenuación; el mancheguismo más medular, se me ha despertado después de entender toda su obra poética. Siempre que hablo de mis raíces manchegas; de mi pueblo-pasión Infantes; de mi pueblo- necesario Valdepeñas, un temblor de gozo me invade las venas. Y es ésa la esencia de mi gratitud. Por tal razón yo soy y seré el más ferviente difusor de su vida y obra.

Juan Alcaide Sánchez nace en Valdepeñas (Ciudad Real) en el año 1.907, un 21 de septiembre, a las 3 de la tarde, arrullado por el más romántico olor a mosto que por esas fechas invadían las calles y plazas de Valdepeñas, en pleno trasiego de carros, aparejos, pámpanos triunfales, racimos, jaraíces y chilancos, bullicio humano, viñas, pulpas y mostos, posos y cascas, todo el fiero vivir que, encauzado como un río, a la noche, desembocaba en un mar de silencio y soledad. Grande y enigmática la luna como vigía. El alba como el ocaso. La vida como la muerte.

Quiero dar un paso de gigante y saltar al Juan Alcaide, poeta. Sé que obviar la infancia es el mayor pecado que se puede cometer; que se cae herido de muerte en la batalla de la vida sin tener presente la memoria. Esa memoria que imprime la infancia.

Pero razones de brevedad y sometimiento hacen que aborde ya sin dilación al poeta y a su obra: la esencia de esta mi particular conferencia.

Hay un mundo fantástico de palabras. Flotan en los aires de su juventud –a punto de acabar sus primeros estudios y ser bachiller-espontáneos e irremediables los gritos interiores de la poesía. Y Juan, que era auténtica vena abierta a la luz y al fluir, se abrazó, asió con todo su ser, la vocación más íntima del hombre: la poesía. Versos primerizos que escribe en la quincena de sus años…

 

“Sol de la tarde sin sol,

se esfumó la lentejuela;
dame el castillo de un sueño,

que no me lo rompa Ella.
Instituto, mientras duermes,

quiero contarte mi pena,
la pena que dio el veneno
que tú infiltraste en mis venas.
Escucha: en algún rincón

de tu cerebro de piedra,
¿no hay archivado el recuerdo

donde mi dolor comienza?
Fue en junio, en clara mañana

clara como una promesa,

dulce con el primer beso
de una novia linda y buena.
Y fue entonces, Instituto…

Pero es bien que no lo sepas,

no vaya a turbar tu sueño

lapídeo en la noche negra.

(El veneno que me dio,
fue, Señor, el ser poeta!)

 

Estos versos tremendamente íntimos y vocacionales ya le quieren delatar. Muestran un joven de 15 años con un sentimiento profundo de amor y a su vez de honda tristeza. No olvidemos que fue hijo póstumo y hubo de vivir sin esa presencia al cuidado “de sus dos madres” como él llamó a su madre Carmen y a su tía-madrina Araceli.

Estoy de acuerdo con D. Rafael Llamazares cuando dice: “Estas circunstancias ambientales de su niñez y su adolescencia, un poco tristes, pudieron acelerar y favorecer su condición de poeta, y de poeta, con este tinte de dolor y pena, de tristeza y de timidez, que le acompañaron siempre”. Estoy de acuerdo.

Yo obedezco a esa liturgia, porque también he bebido en la fuente agria del dolor, en la infancia, y también estoy abocado a la poesía, a la ternura y a la fiereza.

Juan ya lo dijo allá en 1.950 poco antes de morir: “Soy, lo he sido siempre, un bloque de materia poética, un huracán de líricas”.

Y ser un “bloque” de tal materia trae implícito un archivo enorme de pagos de humana factura: dolor con dolor se paga.

La personalidad de Juan Alcaide Sánchez es netamente intimista y desgarrada. Por intimista, el se da a los suyos; profesa una amistad de culto, tanto en sus relaciones

literarios como artísticas. Y en su comportamiento familiar, y en la escuela, es la bondad más absoluta: el ser bueno y querer darse a los demás; enseñar las credenciales de ser corazón y ser sabiduría…

Tú tan sólo, Bondad, puedes salvarme:

Quítame cuanto pueda avinagrarme…

dice en uno de sus versos.

Es una lucha por entregarse. Es el amor que manaba caudaloso de su interior. Son palomas nacidas de sus manos que van a dar un zarpazo-aleteo en el cielo destartalado de aquellos crudos años.

Juan Alcaide, al igual que su poesía, es un torrente fiel; es la Mancha por sus costados más puros; parco y amoroso; luz, pena y pana; es imperecedero y es llanura; cardo y flor; es la campana reivindicativa del gozo, desde el dolor.

Juan Alcaide Sánchez es “el poeta del íntimo desgarro”.

Es gañán cuando gañán. Es Apolo cuando Apolo coronado. Es cruel cuando es pueblo acusador en “Martincito, y es amor cuando dice: “Poeta, rómpete las arterias del alma y déjate sangrar tu vida”.

Pero ese amor, no solo le delata ante lo humano, también se le filtra por las grietas de su telúrico paisaje, de su Mancha esplendente. Nadie como él ha estado en tan sagrada comunión con la tierra. Diría que una gota de su sudor, al caer, quiso

fecundar, como la mejor semilla, la carne mineral que a sus pies jadeaba gozosa. Esa gleba amorosa fue la mejor novia de Juan; fue su amante y su éxtasis; el cuerpo sensual y desnudo que el poeta poseyó con mayor pasión.

 

Te basta un beso de arado

para sentirte preñada.

Te basta una madrugada

de trigo desparramado.

Te basta un viento azulado

que te encame y que te goce.

Te basta el temblor del roce

que sepa nombrarte: “¡Tierra!”

Te basta… ¡esa paz de guerra

que el mapa te desconoce!

 

Juan Alcaide, en todos y en cada uno de sus libros logra “Mancheguizar” el centro vital de todos cuantos le leen. Embauca, con sus palabras y sentimientos, todos los sentidos del ávido engullidor de poesía. Así, por tradicional y moderno, logra entrar en el ámbito literario contemporáneo de España. Y además lo hizo como un poeta original, con una poesía de raíz, contundente, manchega y dolorosa; con una poética de decir alma.

Antes de Juan Alcaide no había una voz tan rotunda y violenta; una voz tan manchega que clavara su rejón hasta el subsuelo de su tierra; una poesía que descifrara, como nada, el ascético talante del paisaje manchego y la esencialidad de sus hombres y costumbres.

Desde Federico Muelas o Pemán hasta Carlos Edmundo de Ory, pasando por Benavente, Gerardo Diego, Gregorio Prieto, y hasta el mismísimo Antonio Machado, han configurado la talla poética de nuestro defendido.

Juan Alcaide Sánchez es, ya lo he dicho antes, “un bloque de materia poética”. Es el hacedor de una obra imprescindible en todas las bibliotecas; en todas las ágoras; en todas las alacenas y anaqueles del corazón. Inmenso y esencial. Aquí tenéis la voz más poderosa de la Mancha del siglo XX.

 

Estos son sus suspiros hechos libros:
          – COLMENA Y POZO. Valdepeñas 1.930
          – LLANURA. Valdepeñas 1.933
          – LA NORIA DEL AGUA MUERTA. Madrid 1.936
          – MIMBRES DE PENA. Buenos Aires (Argentina) 1.938
          – GANANDO EL PAN. Ciudad Real 1.942
          – POEMAS DE LA CARDENCHA EN FLOR. Barcelona 1.947
          – LA TRILOGÍA DEL VINO. Valdepeñas 1.948
          – JARAÍZ. Madrid 1.950
          – LA OCTAVA PALABRA: (Obra póstuma) Jaén 1.953

Y la obra dramática e inédita:
          – LO QUE SE LLEVA EL CAMINO. 1.931
          – LA LUZ LEJANA: 1.932-1.933

 

Para situar a Juan Alcaide en su generación, diré que coetáneos suyos fueron: Luis Felipe Vivanco, Carmen Conde, Eugenio de Nora, Juan Panero, Victoriano Cremer, Leopoldo Panero, Luis Rosales y el mismísimo Miguel Hernández. Todos ellos son semillas originales; un torbellino de sinceridad que jamás dejarán sus voces oscurecer ante la sombra. Son luchadores en su temática poética y en su vida.

Rebeldes. Cargan sus tintas sobre lo humano. Dicen de dolor, de interior y de espíritu. Pero, aun así, Alcaide es un poeta aparte, como poeta aparte fue Miguel Hernández, con quien (según mi admirado amigo y profesor D. Rafael Llamazares –el más grande estudioso de Alcalde) más tiene de común; es a quién más se asemeja. Alcaide y Hernández poetas de la íntima trascendencia. Con Machado le ocurre lo mismo, mantiene un paralelismo tanto en lo temático como en la defensa de sus particulares obras. En Machado es constante la intimidad melancólica; en Alcaide, el íntimo desgarro. Los dos a caballo entre lo telúrico y lo célico: Andalucía y Castilla, el primero; Andalucía y La Mancha, el segundo. Y además causas comunes: el desamor; la intimidad; el paisaje; el recuerdo; la amistad; el pueblo llano y cruel; la muerte; el luto; la esperanza; …y Dios!, la injusticia; el amor deseado y no correspondido; la tierra y sus hombres; también la locura del por qué… y Dios!

 

DESCENDER de la flor a las raíces
¡Del canto a la garganta!
¡Escarbar con el gancho del por qué!

El golpe, siempre,
de la misma pregunta:
“por qué, por qué, por qué” …,

rompiendo la corteza de las cosas

y hendiendo las entrañas.

La razón quiere luz…, y busca honduras.

Para saber que están vacías,
pincha las pompas de jabón.

La razón está loca:
en lugar de llorar, se alboroza y se engríe

porque machaca las estrellas.

¡Y le llamaron Diosa
porque logró con su piqueta

desmoronar el arco iris;
porque fue a descorrer las cortinas del cielo,

y gritó, en paroxismo: “No hay Dios”!…

La razón busca honduras.

Abre el bostezo de su mina;
se hunde en la sombra de su fondo.

Las aguas negras de la duda manan,

y ennegrecen la lluvia de las nubes.
Ciega, flota
la Razón-topo en el aljibe

de su noche. Y golpea:
“por qué, por qué, por qué”,

condenada a horadar galerías

y a asfixiarse en la angustia
de las encrucijadas de su laberinto.

¡Porque pinchó las pompas de jabón!
¡Porque, sin llorar, machacó las estrellas!…

 

A Juan Alcaide Sánchez hay que situarlo al lado del corazón, siempre al lado del corazón. Y tenerlo en la mesita de urgencia; como un devocionario; como un salmo siempre dispuesto. Él y su obra son la luz desnuda; el prólogo de todo libro que cualquier ser humano escribe en su interior.

La evolución que Alcaide refleja en su obra, es mínima, aunque algo perceptible. En su primer libro: COLMENA Y POZO, refleja todo un mundo bajado en el hombre; la ilusión, el amor y la muerte; por tanto… es aquí un poeta desolado en la profunda geografía de su ser. El sueño se la hace nube y la escritura lirismo.

Para su segundo libro: LLANURA, obedece también al fondo insondable del hombre, y redunda sobre el paisaje; el rayo que se agita en las galerías del terruño, la luz y la llanura manchegas. Su amor y romanticismo se hacen patentes. Es la ensoñación lírica la que recorre este libro.

En LA NORIA DEL AGUA MUERTA, tercer libro de Alcaide, publicado al comienzo de la Guerra In-Civil Española, se aprecia un desplazamiento hacia la árida realidad; al cotidiano discurrir. Por tanto, el sueño interiorista queda un poco relegado. Se adivina una realidad más dolorosa, más herida y con más desamor. El amor no correspondido de quién él amaba tan intensamente queda reflejado.

El cuarto libro, MIMBRES DE PENA, publicado en Buenos Aires, trae una intensísima pena; una amargura insostenible. Es la mejor elegía que Alcaide ha escrito. Han asesinado a Federico García Lorca. Recorre por el frágil cuerpo de Juan un relámpago de rabia e ira. Un punzón candente que lo arrastra el dolor. Han muerto a quién él admiraba y quería apasionadamente.

 

Cuatro niñas lo lloraban

con lágrimas de mujer.

Cuatro pañuelos temblaban

dentro del atardecer:

– Que no lo sepan los juncos

de la ribera del río.
¡Ay qué limón de amargura!
¡Ay qué limón de martirio!

Que lo ignoren las casadas

y lo sepan los maridos…

Que lo ignoren las casadas

y lo sepan los maridos…

Cuatro niñas lo lloraban

con lágrimas de mujer.

Cuatro llantos se clavaban

dentro del anochecer.

– Limón amarillo y verde,

limón verde y amarillo,

con esperanza y con odio

llevas tu zumo vestido.
¡Ay qué limón de amargura!
¡Ay qué limón de martirio!…

Cuatro niñas lo lloraban

cubiertas de amanecer.
(Y ocho limones brincaban

sobre un ardor de mujer…)

 

En, GANANDO EL PAN, el quinto de sus libros, publicado a sus 34 años y acabada la Guerra In-civil Española, se alarga el impulso hacia la realidad. El tiempo de la ensoñación se había quedado atrás, en LLANURA. Por tanto, sigue en la auténtica emoción y conmoción, sin olvidar sus temas de siempre, cosas y ámbitos manchegos. Hay en este libro un profundo sentido religioso, más profundo que en anteriores entregas, quizá influenciado por los avatares que agitaron el país y ahora marcan la nueva épica nacional. Yo siempre he querido ver en este libro, la esperanza. Como si quisiera salir de algo; atravesar rápido el paraje sombrío; llegar al otro lado. En resumen, un libro obligado. No olvido que se publicó en 1.941, tiempo de depuraciones y desengaños.

Llega mayo del 47 y ve la luz su sexto libro: POEMAS DE LA CARDENCHA EN FLOR. Su título es hermosísimo. Su contenido es un fotograma íntimo; es espíritu de tierra; es la Mancha y su ser tierra-tierra. Es un libro intenso, doloroso, sincero y vivencial; trascendente y atravesado de una tristeza existencial, al igual que en sus anteriores libros. Yo diría: “La cima del lirismo alcaidiano”. Juan se desnuda en sus palabras y nos ofrece el hondo latido de la Mancha; la gigante altura poética y el valor desmedido de su personalidad. Todo es canción sincera; soneto fuerte; grito que emerge de la tierra y le traspasa el corazón, llevándose el latido junto al alma, por los cielos.

LA TRILOGÍA DEL VINO es un libro minúsculo; es un folleto tríptico ilustrado por otro genial pintor valdepeñero: Gregorio Prieto. Aquí, en estos tres sonetos, Alcaide,

vierte todo su hondo sentir y su brío. Son amor y encendida exaltación al vino. Toda una orgía de sentidos y connotaciones vínicas. Un nuevo paréntesis que abre para amar lo suyo y lo nuestro: el néctar que otros dioses, en otras culturas, aman con pasión desmedida. La trilogía lo conforma:

 

            I. SONETO DIRECTAMENTE.
           II. SONETO DE LA TINAJA AL BEBEDOR.
          III. SONETO DEL BEBEDOR A LA TINAJA.
. . .
“El mosto es feto de mi vientre, y crece.

Nace en los gritos de la espita, y quema.

Por ti, tonel minero, se hace gema,

gema de amor que por amor padece”.

. . .

Y el último libro es JARAÍZ. Éste sigue la misma línea que POEMAS DE LA CARDENCHA EN FLOR. Es un momento poético de indudable esplendor lírico del poeta. Acoge en sus páginas la misma pasión arrebatada por la destrucción o la muerte; el mismo compromiso definitivo con la Mancha; la gozosa actitud de verse hombre y poeta sobre la inmensa llanura, y sentirse fuerza emergente de la tierra; sarmiento herido de nubes, arrastrado a ser gavilla para el fuego. También es un referente, como en algunos libros anteriores, el amor que siente por su pueblo, tan apasionada y doloridamente… Este punto obsesivo de amor local le arde como una extraña luz. Juan Alcaide, no cabe duda alguna, escribe desde un ámbito local y provinciano, para la universalidad. Lanza su mancheguismo con la fuerza de una onda, a fijar residencia en un cosmos habitado por infinidad de poetas que, como él, han amado su rincón y elevado a lo universal, por medio del corazón, el sentido de su obra.

LA OCTAVA PALABRA, es un libro póstumo, editado en Jaén, por Emilio Ruiz Parra en el año 1.953. Juan había muerto en Julio de 1.951. Es un recopilatorio de dieciséis poemas que Alcaide dejó manuscrito. Es un poemario que no presenta unidad

temática, debido a que fueron recogidos de entre sus papeles. Por lo cual no guardan una cronología. Lo más seguro es que correspondan a distintas épocas y tiempos. Los temas, ya sabemos… Tanto en estos versos como en los anteriores y en toda su obra, en general, son: “El hombre” desnudo de ornamentos; la luz de su corazón; su identidad y su búsqueda. “La Mancha”, su Mancha, nuestra Mancha tan áspera y dura y sin embargo tan hermosa e infinita, que la jaula del corazón se nos queda pequeña; “La religiosidad”. Juan era profundamente religioso, lo atestigua la cantidad de ocasiones que en su obra apela a Dios, esta divinidad que tanto sosiego a su triste corazón procura; Juan, en labios de otro gran hombre y poeta: Valentín Arteaga, es “Un místico de la sed”. Para Alcaide vivir es tener sed de todo, y redimirse en entregarse a Dios la sed, dejarse regar por él, dejar de estar necesitado una y otra vez, abrirse como un surco a la paz celeste”.

 

– ¿Qué voy a hacer, mi Dios, con tanta
infancia
zumbando por mi vida?
Yo no soy yo. Sí acaso, una fragancia

descompuesta y perdida.

Tuberculoso aroma. Adormideras

nacidas en mis sesos.
Un poco de humo muerto en las ojeras.

y una boca sin besos.

Dos manos sin locura.
Dos pies sobre una senda deleznable.

Un corazón vencido a la amargura.
Un naufragio sin cable.

Y todo, por pequeño, por sencillo,

por no cuajar del todo.
Todo… por esa infancia de tomillo

que perfuma mi lodo.

Y muero de niñez, de santidades,

de no saber ser malo.
¡De llevar un tambor de claridades

y un caballo de palo!

Muero de no vivir, de mi no vida,

de mi volverme a entonces.
Ya ves: tu hermosa miel, por Ti vertida,

reblandeció sin bronces.

Y me caigo de niño, me abandono

a esta pobre niñez que me sostiene.

Paradoja de amor donde me encono:
me pierde… y me mantiene.

¿Y siempre así, Dios santo?
¿No he de ser más ni menos? ¿Ya está escrito?
¡Oh, Señor, cuánto, cuánto
me va a costar mi vida sin delito!

Mas si Tú así lo quieres,
¡bendito este temblor que me emociona!

Yo jugaré con sables de alfileres…
¡y pincharé, al jugar, en mi persona!

 

La sinceridad; la autenticidad; “la amistad”: sorprende ver la enorme cantidad de cartas, correspondencia, alusiones, misivas, que escribió como empeño de su amistad con otros poetas amigos, literatos y gentes del bien desgranar la pulpa del corazón. “El dolor” es otra de sus constantes en toda la obra, hasta tal punto que el propio Juan dice en unos apuntes, que sirvieron para prologar “POEMAS DE LA CARDENCHA EN FLOR: bien hubiera yo querido para vosotros unos poemas de otras flores, del nardo o del clavel, por ejemplo. Eso hubiera querido, y no ha podido ser. Leedme así, ya que así floreció hoy la vida: ingrata y áspera”.

El amor”, la materia no materia que a cangilones entregaba; cada cangilón es un zarpazo de hermosa entrega, uno y otro, y otro, y otro hasta hacer un río que regó las riberas de todos cuantos corazones se cruzaron en su corta vida. El amor y… “el desamor”, el desengaño amoroso:

 

Tus ojos luminosos, tu boca escarlata,
Tu andar alado y grácil, tu frente mansa y quieta,

Tu voz como el preludio de una vieja sonata…, Me hicieron ¡Ay! Poeta:
¡el ansia que me aviva y el dolor que me mata!

 

Aquí, nuevamente Juan, aflora “el poeta del íntimo desgarro”. Toda la obra está “manchada” de gozoso vuelo; “manchada” de geografía de “cercao”; “manchada” de valdepeñerismo, de llanura y solar estepario; “manchada” de frontera entre el sueño y el alma; “manchada” de laberíntica razón y de memoria, de ausencia, de cal y de cardencha…
Por sus labios manó el hondo cromatismo de sus íntimas paletas. Toda la paz, todo el sosiego gana en claridad y en alma.
Nunca la rosa estuvo tan bien dicha y la tormenta tan a tiempo.

El poeta Juan, una y otra vez, desmorona la gleba; va levantando el arado de su pasión hacia la amistad, y en un ramillete de versos, nos entrega estos sus latidos… versos fuertes, de grave factura, salidos del hondón donde su pecho, se hace pasión. Estos son sus poderes.

El veneno gira y gira por el mundo. Acosa al ser humano. Quiere siempre hallar un centro. Y para eso el poeta combate paladín, guerrea con corazón y sin frontera. Otros días, se oyen voces por los “cercaos”. Bajan repentinos soles a posarse en las sienes, por las cales y en los pulsos…

Se oyen voces… ¡dicen tu romance, Juan!

Él, poeta hermano, quiere hacerse el narrador de todo cuanto ocurre, de todo cuanto atraviesa esa membrana que se entrelaza con el viento. La membrana es el pensamiento y el viento la memoria. ¿Recuerdas Juan?

Solo, ante el mar de las dudas.
Ni hubo intento de escapar. Un persistente pensamiento le golpeó las sienes:

 

Amor, Juan… ¡fue amor!

La pasión desmedida.
Carmen versus olvido versus Araceli.

 

Cuando se adentra en sus versos, como dardos, en el corazón, la fruta prieta y desnuda que lo habita, salta a otras manos. Así, loca y grave va su poesía, alzando vuelo y posándose; preñando de palabras y de luz. ¡Qué hermosa simiente! ¡Qué hermoso impulso el de los poetas y su sed de luz!

Pero avanza la historia, y a la vida, el minutero-bestia da bocados ansiosos; el hacha va golpe a golpe comiéndole la masa que el Gran Hacedor compuso en el principio de los tiempos. Ya Juan –poeta o cardencha; creador o sediento; bueno o cultísimo; hijo o corazón- esa herramienta fea, de tuberculosa procedencia, le dio el tajo certero y cruel cuando sólo contaba 44 años de sueño y realidad.

Juan Alcaide Sánchez, es en su vida y obra: lo universal desde lo manchego; es la esencia de la tierra toda, desde su tierra; es la imagen del hombre y de todos los hombres; es el amor ferviente desde el “zaque” de su corazón a la “barja” del mundo.

¡Qué gran poeta y qué gran desconocido!

Carlos Edmundo de Ory en una conversación manifestó cuanto le gustaría ver un día una Antología de los poetas: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pablo Neruda, César Vallejo, Miguel Hernández, Juan Alcalde y Ángel Crespo. ¡Qué gloria para nuestra Mancha!

Hoy, en esa selvática geografía de columnas y vergeles, donde está mi corazón gozoso -sólo superado por el amor a la poesía- y donde ocurrieron, al través de la historia, todos los bulliciosos tratos mercantilistas; el cruzado intercambio de culturas y sudores; también del corazón jubiloso o aterido, que a las Indias

arribaban; y de cárceles y libertades… decía: hoy quiero traer a la Alhóndiga el más alto poeta que la Mancha ha dado en el siglo XX. Y lo traigo porque quiero que conozca mis gentes y mi pueblo, ahora, pasados cuarenta y nueve años de su muerte. Ya sé que algunos de vosotros, tiene ya el corazón “manchado” de sus versos, pero que otros, hoy lo conocen por primera vez. Mis palabras, esta noche, quiero sean pedagógicas.

 

¡Comenzad a sentir la experiencia de la poesía!

 

José Ángel Valente –recientemente muerto- decía:
“Hay algo de experiencia infernal en lo poético”

 

Sentid ese “infierno” para alcanzar mayor luz y mayor sentimiento, y sed felices con Juan Alcaide Sánchez, “un poeta del íntimo desgarro”.

Como colofón os diré, en versos que yo compuse como homenaje al poeta, unos fragmentos de un extenso poema:

. . .
Traías la luna por labios y los astros remotos por sienes.

Venías -tú venias- a deslavazar la oscuridad de los dientes

o la brutal expresión del puño deshabitado de luz.

Bajaste la flauta bella de las constelaciones

al puente fugaz del alba
donde el litoral represado de la vida copulaba

sobre los tules y velos de los ángeles tristes.
Bajaste las lámparas tutelares
para dar vida a los pámpanos y a las norias.

. . .
Pronto la aljaba de las flechas heridoras

quiso colgarse al hombro del sicario desmedido

y arañarte la frágil osamenta.
Comenzaron los halcones el alzado vuelo.
Comenzó la espiga su danza triste
como un lábaro humillado y arrepentido.
Y llegaron a tus ojos
salvajes cardenchas al tropel asustador de las hoces;

y la tierra derramose por el pecho y los labios
como un incienso de algalias
                                                    a tu vuelo nupcial.

. . .
Fue en la Mancha de las Españas.

Fue por Valdepeñas. En Julio.
Sobre los campos
quiso Linceo voltear campanas y címbalos,

y hacer primigenia voz tu verso,
y acero templado las lágrimas de tus madres…

“Aquí, aparentemente, calla la voz del agua muerta”

. . . Ergo, coram populo, yo te nombro

el desnudo latir de la sangre;
la noble herramienta del humano belfo;
la savia toda de la lucha ¡Oh Prometeo de la razón!
Y rubrico la luna de tus salmos
para ahuyentar la carcoma de los hombres,

los frágiles jazmines que sufrimos la historia:
                                             la rota flor de lo humano.