Manuel Rivas Cabezuelo

El Campo de Montiel. Belleza natural e historia.

El cambio de trabajo me brindó la oportunidad de realizar un viaje largamente deseado que, por diferentes motivos, fui relegando ante otros proyectos supuestamente más interesantes.

     Abandoné mi empleo como informático en una multinacional el día 12 de abril para comenzar en otra, 15 días más tarde. Disponía por tanto de dos semanas en unas fechas para mí extrañas, alejadas de los periodos vacacionales. ¿Qué hacer? Mis amigos y conocidos trabajaban y la idea de permanecer ocioso en Barcelona no me seducía. Entonces recordé a Marcos, mi viejo amigo y compañero de trabajo y sus insistentes sugerencias para que viajara a su tierra: La Mancha.

     De La Mancha sabía muy poco por no decir nada. Sabía, por supuesto, que se encontraba en el centro del país. Un lugar de paso sin interés aparente, aparte de las muchas referencias a Don Quijote. “Un secarral”, había comentado un amigo en cierta ocasión. No obstante, decidí hacer caso a las observaciones de Marcos y me dediqué a recopilar información sobre la región, una guía turística y varios mapas. Seguidamente elaboré un recorrido sobre uno de los mapas, siguiendo las indicaciones de la guía turística y reservé habitación en un hotel rural, en Villanueva de los Infantes.

     En la mañana del día 14 de abril metí la mochila en el maletero del viejo Ford Fiesta y abandoné Barcelona bajo una fina lluvia dispuesto a vivir una aventura de alcances imprevisibles. Conduje con precaución durante varias horas. Paré en un área de servicio cerca de Valencia. Tomé un café y continué el viaje. El sol se había impuesto y la temperatura era muy agradable, 22 grados.

     Dejé atrás Valencia por la autovía de Madrid y pronto sobrepasé el cartel que indicaba el cambio de comunidad. Había llegado a Castilla la Mancha. Como era la hora de comer, paré en un pueblo de nombre Iniesta y comí en un bar en la misma carretera. Sobre las tres de la tarde continué mi viaje dispuesto a no parar hasta llegar a mi destino.

     Mientras conducía iba descubriendo un paisaje sorprendente que nada tenía que ver con el supuesto secarral anunciado por mi amigo. Era un paisaje suave y ondulado de grandes contrastes, donde predominaban los viñedos, los olivos, los campos de trigo y a veces grandes extensiones de encinares. A la luz del atardecer, cuando entraba en la comarca del Campo de Montiel, el paisaje me sorprendió. Un inesperado regalo visual con muchas tonalidades verdes. Como un cuadro impresionista. Avanzaba por la carretera dejando atrás colinas redondeadas, campos de cereales con grandes árboles situados estratégicamente aquí y allá, rompiendo la planitud con un gusto paisajístico exquisito y de pronto, como una aparición, en una zona repleta de encinas y jaras, la carretera descendió y entré en Ruidera; el pueblo de las lagunas al que, en mi agenda, había reservado un día completo. Al final, cuando dejé atrás las últimas casas, a mi izquierda, vi una de aquellas lagunas y los patos que nadaban sobre sus aguas verdosas.

     Poco después estaba en Villanueva de los Infantes, centro de operaciones de mis vacaciones. Pregunté a una señora por la dirección del hotel donde iba a alojarme a lo largo de nueve días y me indicó con gestos sobrios y precisos cómo llegar. Tuve la impresión de haberla molestado por la forma en que me respondió, pero pronto comprendí que aquella era la manera habitual de expresión en la zona. Palabras, las justas y una generosidad infrecuente, a veces también injustificada.

     El hotel rural hacía honor a su nombre. Una vieja edificación con trescientos años de antigüedad, una habitación sencilla e impecable, un salón-comedor lleno de encanto y un patio ajardinado con piscina. A las seis de la tarde, la dueña me dio un mapa del pueblo y salí a dar una primera vuelta.

     Desde al año 1421, Villanueva de los Infantes era la capital del Campo de Montiel, una comarca situada al sureste de la provincia de Ciudad Real. La ciudad está definida por la plaza Mayor con la impresionante iglesia de San Andrés y la plaza de San Juan. La plaza Mayor es una de las más bonitas e interesantes de Castilla la Mancha. Es una plaza trapezoidal con dos de sus laterales porticados y entre ellos, donde nace la calle Mayor, hay una hermosa balconada de madera cubierta que realza su calidad arquitectónica.

     En los siglos XVI y XVII se establecieron en la población varias órdenes religiosas, y a partir de ese momento surgieron numerosos edificios civiles pertenecientes a personajes de la burguesía y la nobleza. Muchos de esos edificios cuentan con escudos blasonados de piedra. Se han contabilizado más de 250 de ellos, lo que la convierte en una de las ciudades más blasonadas de España. Villanueva de los Infantes ha sido declarada Conjunto Histórico Artístico.

     A media tarde después de un corto paseo por la zona sur de la ciudad visité el primero de los lugares más emblemáticos de la ciudad; la Alhóndiga, cercana a la plaza. Se trata de un edificio construido a principios del siglo XVI que fue usado como pósito hasta el año 1719 en que fue reconvertido en cárcel. En su interior hay un espectacular patio con gruesos pilares cilíndricos con capiteles toscanos.

     Tras la visita me senté en una de las mesas que hay en la plaza, ante el magnífico escenario que forman la iglesia, los soportales y los balcones de madera, y mientras saboreaba una cerveza preparé la excursión del día siguiente con la ayuda de la guía turística. Después regresé a la casa rural, cené y cansado de tan largo viaje subí a la habitación y me quedé dormido de inmediato.

     Al día siguiente, tras el desayuno, inicié la primera de las siete excursiones que había programado.

     Había prometido a mi amigo Marcos que su pueblo, Torre de Juan Abad, sería objeto de mi primera visita, y hacia allí me dirigí por una carretera con más rectas que curvas a través de un paisaje suave que invitaba a la relajación. Hacía una mañana espléndida, con una agradable brisa y un cielo de un azul intenso sin una nube.

     Atravesé Cózar y diez minutos más tarde aparcaba en la plaza de la Torre.  Pregunté por la casa de Quevedo y hacia allí me dirigí. La directora me explicó que don Francisco de Quevedo había sido el señor de aquel lugar en el que había residido en diversas ocasiones y donde había escrito algunas de sus mejores obras. Me recomendó visitar la iglesia y la ermita templaria. En la iglesia descubrí su preciado órgano, un ejemplar único que conservaba el 99 por ciento de sus piezas originales, y su impresionante retablo barroco. Después viajé hasta la ermita templaria de nuestra señora de la Vega, distante a unos cuatro kilómetros, a través de un sinuoso y encantador camino bordeado de viñas y olivos. A mi izquierda, apareció la silueta de una torre medieval a la que llamaban Torre de la Higuera. La ermita me sorprendió por la belleza de su estructura porticada y por el hermoso valle donde estaba emplazada. Los caballeros templarios construyeron allí una encomienda en el año 1274 en honor a la imagen de una virgen encontrada allí. Al regresar, me desvié por un camino de tierra para visitar la Torre de la Higuera, un torreón del siglo XIII que servía de enlace entre los castillos de Eznavejor y Montizón.

     En el tercer día visité las poblaciones de Albaladejo, con su castillo árabe. Almedina, lugar donde nació el pintor Yáñez de la Almedina, discípulo de Leonardo da Vinci. Terrinches, con un torreón medieval y el Castillejo del Bonete, un impresionante observatorio de la Edad del Bronce donde se celebraba el solsticio de invierno y, por último, la villa romana de Ontavia. Continué hasta la Puebla del Príncipe, también con un torreón medieval. Llegó después Villamanrique, cerca ya de la Sierra Morena, y desde allí me dirigí al castillo de Montizón, una fortaleza casi inexpugnable del siglo XIII. Allí escribió el poeta Jorge Manrique su poema: Coplas a la muerte de mi padre.

     Estaba tan cansado que al cuarto día decidí quedarme en Villanueva de los Infantes. Dediqué la mañana a repasar mis notas y preparar las próximas visitas. Durante la tarde terminé con la visita a la ciudad. Me encandiló la calle Mayor repleta de viejos edificios, todos ellos con blasones labrados en piedra; el palacio del Marqués de Camacho, el de los Rebuelta, el del Marqués de Melgarejo, la casa del caballero del Verde Gabán, mencionada en El Quijote y la casa-cuartel de la Orden de Santiago. Al final de la calle, a la derecha, estaba el convento de los Dominicos, que conserva la celda donde murió Quevedo. Por la calle de Santo Tomás visité la casa de la Inquisición, el palacio del Marqués de Entrambasaguas, la Casa de los Estudios con su encantador patio minimalista. y la impresionante Casa del Arco y me encontré de nuevo en la plaza. Todavía tuve tiempo de ver el palacio de los Fontes, el de los Bustos, el de los Ballesteros y la casa de don Manolito. Edificios que fueron construidos entre los siglos XV y XVII.

     El quinto día lo dediqué íntegramente a las Lagunas de Ruidera. En el hotel me prepararon la comida: tortilla, ensalada, melocotón y cerveza. Nos separaban 30 km que recorrí por una carretera con poco tráfico. De nuevo me sorprendieron los colores y los olores de aquella tierra. El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera es uno de los grandes humedales de la Mancha. Está formado por 15 lagunas que, a lo largo de 18 km, salvan un desnivel de 120 metros con espectaculares cascadas. Sin duda, uno de los espacios más espectaculares que he visitado en este país.  Al final, sorprende el castillo de Peñarroya, de la Orden de San Juan. Por la tarde, como disponía de tiempo, me dirigí hasta la población de Villahermosa, ejemplo de villa manchega. Continué hasta Montiel, antigua cabecera de la comarca y el pequeño pueblo de Fuenllana.

     En mi sexta jornada hice un recorrido circular. Visité Alcubillas, me acerqué hasta Valdepeñas, una ciudad que no pertenece al Campo de Montiel pero que merecía una visita. Allí comí. Por una carretera con muy poco tráfico viajé hasta San Carlos del Valle, hermosa población con su pequeña y encantadora plaza manchega, considerada una de las más hermosas, y una espectacular iglesia que parece haber sido transportada desde algún lugar de oriente. Desde San Carlos viajé hasta La Solana, la ciudad más poblada de la comarca. Durante el regreso a Infantes me di una vuelta por los alrededores del pantano de Vallehermoso, alimentado por el río Azuer.

     Por la noche repasé las notas que había preparado para la visita y comprobé que todavía quedaban algunos espacios y poblaciones por visitar. Así que, durante la séptima jornada, me desplacé nuevamente hasta Torre de Juan Abad. Tomé un café en el bar de la plaza y continué hasta Castellar de Santiago por una carretera que atravesaba uno de los pasajes más bellos que recuerdo, dominada por el monte Cabeza del Buey con su poblado íbero. Tras un paseo por el pueblo, continué hasta el sorprendente paraje de Las Virtudes, que además de la ermita tiene una plaza de toros cuadrada considerada por algunos como la más antigua de España. Visité después Santa Cruz de Mudela y su balneario, junto a la autovía de Andalucía, y el Viso del Marqués, donde se encuentra el no menos sorprendente Archivo General de la Marina Española, en un palacio renacentista construido a finales del siglo XVI por don Álvaro de Bazán. El palacio está considerado como el mejor ejemplo del renacimiento italiano en España. Después viajé hasta Torrenueva y regresé a Infantes por otra carretera no menos bella que la anterior.

     Y casi sin darme cuenta llegué al final de mis vacaciones. Al ser el último día en la zona, elegí una ruta sencilla y descansada. Durante la mañana me acerqué hasta Carrizosa y visité unas cuevas habitadas en el neolítico, continué hasta la población de Alhambra, situada en un promontorio. En tiempos de los romanos fue una ciudad importante llamada Laminium, famosa por la piedra moliz, usada en la antigüedad para afilar todo tipo de objetos metálicos.

    Finalmente, en la mañana del noveno día, me despedí de los dueños del hotel, entré en el coche y puse rumbo a Barcelona.

  Días más tarde, mi amigo Marcos y yo pasamos una agradable velada en la que relaté todos los pormenores de aquel increíble e inolvidable viaje.

 

Manuel Rivas Cabezuelo

Villanueva de los Infantes.

Agosto 2023.