Anuario

Los presagios para este año que comienza no son tan halagüeños como algunos quieren hacernos creer. Algunas empresas se estrellarán contra el muro tan cacareado del 92.

Rememorar aquí y ahora los acontecimientos del año que hemos dejado, vendría a ser para unos, más que una osadía, un acto apologista; por tanto nefasto e inoportuno. Para otros, sin embargo, sería beneficioso darse de cara a fin de año con ese espejo que vemos a diario en el cotidiano vivir. Un paseo de 365 días por nuestra conciencia para prestar un poquito de atención a sus recovecos; por si el olvido no se ha llevado ese gesto, la acalorada discusión propiciada por ese pronto que a los españoles se les atribuye. Pero antes de nada, perdónenme, aún no me he quitado la ropa de verano y ahora que voy desnudándome noto un cierto hedor en ella.

Huele a… no sé qué, (posiblemente a un ajuste de cuentas con signo político, por su color: comunista). Huele como si me hubiera arrastrado entre inmundicias para seguir pidiendo o perdiendo el pan nuestro de cada día, mientras la desidia me adormece ante los lamentos de aquellos resignados a llamarse hermanos y que siguen lucrándose gracias, a veces, al apelativo. Otras, robando.

La imagen que ofrece España al exterior parece preocuparnos más que la opinión que de ésta tiene nuestra sociedad; lástima que esta opinión empieza a verse respaldada por los numerosos acontecimientos que la consolidan. No es éste un discurso demagógico, es el peso de la razón que inclina la balanza hacia aquel que observa, con cierta pesadumbre, los designios de nuestro caminar.

Desde la archiconocidísima frase puedo prometer y prometo… hasta la necesariamente familiar eso es demagogia pura, transcurren los pasajeros de este país, con más sobresaltos que dinero, hacia la meta final de todo ser humano, llámese Homero, Garcilaso o el mismísimo creador de Titín. Algunos expresarán ¡Bah!, da igual. No, no da igual y deberíamos ser conscientes de ello.

Si diéramos por hecho que Dios desterró el orgullo de sus aposentos, estrellándolo sobre la Tierra y que, llamándole hombre lo entregó a su albedrío, éste al adquirir conocimientos, crea para sí mismo la imagen idónea para darse a sus semejantes. Imagen necesariamente intercambiable puesto que, el teatro a representar así lo requiere.

La carpa ocupa toda la extensión peninsular sin olvidar nuestras islas. El actor de turno, haciendo un llamamiento al público en general, agradece su presencia (los votos), invitándoles a reflexionar sobre la obra. Después del primer acto, el público, en silencio y reservando sus aplausos para el final, pierde los horizontes de la trama teatral (la política) e incluso la situación geográfica de su país.

Algunos, los más resabidos asocian el norte con la reindustrialización del Pais Vasco, otros intentan convencer a sus compañeros de butaca que, el noroeste está donde se dio el fraude de la Marina. Algunas señoras discuten, acaloradas que el fraude del IVA nace por vez primera en el este y que, por tanto, es el sur: la Expo 92.

La nota viene dada entre bastidores, donde parecen debatir un grupo de trabajadores si la preocupación de los directores del teatro es o no desorbitada por la conmemoración del V Centenario.

Se levanta el telón.

Algunos de los trabajadores citados anteriormente salen a escena encartelados y con los brazos caídos: “desempleo, droga, prostitución de menores, evasión de capital” son algunos carteles que pueden leerse.

“Solo nos queda”, grita uno de ellos, “a los que aún ejercemos alguna profesión: discriminación laboral, desorbitadas subidas de impuestos, devaluación de moneda, imposibilidad de adquirir créditos por sus elevados intereses y otros derivados”. Inmediatamente a los ojos atónitos del público se baja el telón.

Presumiría que estas manifestaciones tan generalizadas en todo el mundo, obedecen a un sinsentido de esperanza. Así, como sucede en otros países, los colores del país español, no ahondan el requerimiento preciso y deseable de sus gobernantes y no es que hayamos olvidado nuestro respeto a tan insigne emblema, sólo que algo huele a podrido.

La política y sus estamentos han dejado de ser una herramienta al servicio del vulgo, para convertirse en un ogro cuya envergadura ensombrece y mutila los principales focos laborales y económicos de nuestra red industrial. Los presagios para este año que comienza no son tan halagüeños como algunos manifiestan y veremos, si no al tiempo, cómo empresa por empresa iran a estrellarse contra el muro del 92.

Por otro lado, las medidas a tomar vienen, no crean que a sumar más puntos a nuestra renta per cápita, sino que persiste esa tendencia de signo negativo; y, como siempre, ha de haber una justificación, la de este año parece ser la equiparación del coste de nuestros productos con los de la CEE.

Los sindicatos, nos venden hoy lo que ya compramos ayer al Gobierno: palabras. Los empresarios pequeños mantienen en su mayoría que no es posible aplicar en sus empresas la misma doctrina que se da en las grandes factorías ya que, éstas, no todas, reciben una ayuda del gobierno Central que palía en gran parte el déficit contraído.

Obviamente esto no es una solución, el resultado sigue siéndonos negativo e influye, si no a nosotros como personas físicas, sí al conjunto de la estructura económica del Estado.

Son estas razones suficientes para esperar de este año una equiparación económica no sólo con el resto de la CEE.

Juan Camacho

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